domingo, 24 de abril de 2011

Diego Gómez, un bajista sicodélico

Por Manuela Ruiz

Diego Gómez, bajista del grupo La Fritanga.

Diego Gómez es un joven de pelo corto color cobrizo que sólo se podría obtener de forma natural. Viste con ropa característica de los años 60 que le da un toque sicodélico a su personalidad. Al verlo nadie se imaginaría que este joven de 25 años, de apariencia descuidada, se caracteriza por su buen desempeño académico en la Universidad EAFIT, donde estudia Ingeniería de Diseño de Producto.


Eran las 10:30 a.m. del miércoles 3 de noviembre. En una de las bancas del parque la Presidenta, en el barrio El Poblado, esperaba a Diego quien es bajista de una de las mejores bandas de reggae de Medellín: La Fritanga.
El Mello, como lo llaman sus amigos, tardó unos 15 minutos en llegar, pero al verlo a simple vista me di cuenta que es una persona sencilla, descomplicada y muy simpática.

Apenas llegó me saludó de beso y lo primero que dijo fue: “Acompáñame por un tintico y un cigarrillo mientras llegan los otros”. Durante el camino a la tienda me contó un poco sobre su vida pasada.

“Estudié en varios colegios. Primero estudié muy juicioso en el Restrepo Molina en Envigado y luego me pasé al Liceo La Paz, donde empecé a salir más con mis amigos y a montar patinetica. Luego inicié con mi primera banda de punk que se llamó Escusado. Ensayábamos en los garajes, nos emborrachábamos en los garajes, todo en los garajes”.

A medida que me contaba su paso por los colegios hacía una cara de picardía y se reía de forma constante. De vuelta al parque me presentó a los demás integrantes de su banda, todos con la misma pinta, una apariencia relajada, barbados y con cigarrillo en mano. Me saludaron y solo dijeron: “Uy Mello nueva adquisición”, por lo que Diego se rió y los ignoró.

“Sentémonos en aquella banca para que podamos hablar mejor”, dijo Diego. Después me siguió contando sobre su trayectoria en diferentes bandas pero, esta vez, me habló sobre otra banda de punk con la que lograron realizar varios conciertos y hasta llegaron a ir a un recital en Bogotá, el cual describió como “todo un fiasco” porque “no había gente ni siquiera para oír las bandas de allá”.

Al contarme le dio un poco de rabia: “Hasta vendimos como mil boletas para poder pagar todo allá”, pero luego de este comentario se rió y me dijo, “lo más bacano del viaje fue la rumba que nos pegamos por la noche”.

Al terminar el colegio Diego decidió dejar esta banda para dedicarse de lleno a su carrera, aunque un poco confundido, pues no sabía qué estudiar. Le gustaba mucho la música pero afirmó: “Primero se tiene que liberar la parte económica para a si poder dedicarse al hobbie”, por lo que decidió estudiar Ingeniería de Diseño de Producto, en la Universidad EAFIT.

En el séptimo semestre de su carrera conoció a “un amigo muy parchado que canta muy chimba y a otro que toca los bongos.” Con ellos me iba para los parques y empezábamos a tocar. Yo por mi parte manipulaba el bajo y fue así como se creó mi actual grupo, La Fritanga”.

Antes de continuar hablándome de su grupo, me dijo que lo acompañara a comparar otro cigarrillito. Al regresar al parque contó que los ensayos de esta banda son muy chéveres porque siempre se hacen en los parques, la mayoría de las veces vienen amigos a oírlos para relajarse y dispersarse un poco, y esto es algo positivo para ellos debido a que así cogen más fuerza como grupo musical de reggae.

Diego contó que al oír cantar a su amigo se transportaba mentalmente. “Uy! desde la primera vez que lo oí me pareció una chimba y eso que mi música favorita no es el reggae, aunque no me disgustaba, pero con este man le empecé a coger gusto”.

Gracias a los amigos que asistían a las prácticas de La Fritanga, este grupo empezó a tocar en bares y hasta en conciertos, aunque lo que más les agrada es ir a tocar a fincas, “porque tenemos la dormida y el chorro gratis, y nos pegamos meras rumbas”.

Los integrantes de esta banda han logrado participar como invitados en el festival Altavoz y han podido sacar varios covers inspirados más que todo por uno de los grandes cantantes y compositores del género del reggae, como Bob Marley.


Tras un leve silencio, Diego habló de las enseñanzas que le ha dejado su propio grupo musical. Con una sonrisa un poco irónica dijo que “en cada cosa que uno hace con su vida obtiene una enseñanza sea buena o mala”.

Con la música y con las bandas en general este joven artista comprendió que “la inspiración sale del alma y cuando no hay inspiración no hay nada. Eso es lo más bonito de la música y, sobre todo, del reggae”. Nunca imaginé que me fuera a contestar de forma tan profunda como lo hizo.

Sentí curiosidad por preguntarle si fue muy duro pasar del punk al reggae, a lo que respondió: “Ja ja ja, la verdad no, aunque en el punk las cosas son de cierta forma como violentas y el reggae te transforma inmediatamente, pues es un género musical que hay mismo te atrapa”.

Al hablar un poco sobre la universidad y sobre su rendimiento académico, dijo que en general le va muy bien, pero confesó “uno siempre va a dejar de hacer la tarea para ponerse a ensayar y cosas así”, aunque  también reconoció que EAFIT les ha dado varias oportunidades al invitarlos a los conciertos que cada año se programan en la institución, con los cuales se han dado a conocer más.

De su vida privada no contó nada ni siquiera cuando le pregunté por su familia. Sólo sonrió y me dijo next. Luego le indagué que si tenía alguna relación sentimental y de inmediato se quedó callado.

Diego se despidió con un beso en la mejilla y me dijo: “Mujer, qué pena pero ya me tengo que poner a ensayar, porque no te quedas y de una vez  te das cuenta de que todo lo que te dije no es mentira”.

En efecto me quedé porque en el fondo quería saber cómo era su música y si en verdad no estaba exagerando con todo lo que me dijo durante la entrevista. Fui testigo de un gran talento, el ensayo me encantó y pude ver como otros amigos se unieron al público improvisado.


Música en EAFIT



Por Estefanía Giraldo Mejía

Muchos de los estudiantes de la Universidad EAFIT que pertenecen a otras carreras diferentes a Música raramente se preocupan por los proyectos y los trabajos que se desarrollan en este pregrado.

Al igual que todas las otras, Música es una carrera importante que requiere mucha dedicación y práctica, como lo afirma Ana María García, quien actualmente realiza una maestría.

Ese programa académico comenzó aproximadamente hace diez años y se ha visto un gran progreso en él, en sus estudiantes, profesores y egresados.












El artista plástico que enseña a los que no pueden ver

Por Laura Palacio


Sergio Tirado, profesor de arte 

Delgado, de pelo largo recogido en una cola, Sergio Tirado lleva una camiseta amarrilla con el logo estampado del Museo de Arte Moderno de Medellín (Mamm). Es él quien escoge los materiales de los talleres que dicta: un impermeabilizante llamado Elastosil, una resina que envasan en un recipiente plástico que al secarse deja relieve en la hoja de papel sobre la que dibujan sus alumnos.

No es un profesor cualquiera de arte, los asistentes a su clase son personas con limitación visual, algunos de ellos ven un poco pero otros como Estela, quien no ve desde hace más o menos 30 años, se tienen que fiar de los recuerdos de los colores, líneas y formas para poder convertir sus ideas en dibujos.

Estela pide cinta de enmascarar para pegar a la mesa de madera las cinco tijeras con las ha formado lo que parece una estrella de mar. Frottage es la técnica que van a trabajar en esta sesión, así lo indicó “el Profe” como llaman a Tirado algunos de los asistentes. El trabajo consiste en situar objetos debajo del papel para luego pasar un material, en este caso una crayola, y así lograr la forma del objeto plasmado en la hoja. 

“Hacen el dibujo que quieren, la idea es que cada vez sean más autónomos y nadie les ayude. En algún momento yo era el que les hacia el dibujo, ellos con un lápiz lo retenían y yo repisaba con este producto por donde ellos pasaban el lápiz, pero ahora no, ellos hacen todo, nadie les hace nada”.

“Yo soy artista plástico y también estoy aprendiendo con ellos porque enseñarle a elaborar un objeto a un invidente de eso hay escrito muy poco. Hay que partir es de ellos mismos, pensando siempre en su independencia. Yo nada más les paso el color, esa es la idea y le sugiero, porque él me va a decir: “Creo que en la parte del cielo está de tal manera”. Yo le digo sí es cómo piensa o no y además le digo si está de un color o le falta, de acuerdo a cómo la persona quiere”.


Al terminar de pasar la crayola por la hoja de papel, Estela pone sus manos en su obra y pregunta si le quedo bonita, algunos de sus compañeros que pueden ver un poco le dicen que sí, que le quedó hermosa, hasta le toman fotos a la estrella de mar.

Estela 
“Es interesante ver una persona pintando con la boca o con un pie, pero ellos tienen más ventaja que ustedes, ven los colores, ellos ven. Más gracia es que un invidente pinte o dibuje”, les dice Tirado a sus alumnos mientras pintan. Porque sí hay talleres parecidos para personas con limitaciones pero en el caso de la limitación visual la cosa es diferente.

Con solo entrar a un museo se puede sentir que hay una distancia establecida entre las obras y el visitante, y para el que puede ver están las líneas, las luces, las sombras y los colores. Pero una obra es más que eso, tiene texturas que provocan tocar.

¿Cómo puede una persona que no ve estar vinculada al arte?, ¿algo que parece tan visual?
Los materiales con los que trabaja el taller son esenciales. “La idea es que tengan textura porque el dibujo se olvida y el oleo pastel deja textura, es más grueso, es una crayola más cremosa”.

En el Museo de Arte Moderno hicieron una exposición de las obras del taller. Pero la oferta de exposiciones para personas que no pueden ver es poca.

¿Hay exposiciones que permitan ser tocadas?
“En el museo de la Universidad de Antioquia. La exposición del museo del Louvre, llevaron una exposición de replicas de esculturas clásicas y era para tocar. Es la única exposición que se ha visto acá para tocar, de pronto hay otras, pero no han sido tan mencionadas”.

Educación y arte
Javier
El Mamm tiene un departamento de educación, que ofrece además de este taller, llamado Representaciones, otros que acercan el arte a todas las personas que estén interesadas.

Este grupo en particular está conformado por adultos, que como cuenta Tirado, le han enseñado que el término indicado para referirse a ellos es “limitados” porque todas las personas tienen limitaciones, al llamarlos así hay igualdad para todos.

En cuanto al taller, el artista dice que todavía le falta más fuerza, es de estar, insistir y ser permanentes. Durante un tiempo la óptica Santa Lucía patrocinó el taller pero ahora es el museo el que tiene que repartir su presupuesto.

“La mayoría de recursos se va para curaduría para que se hagan exposiciones, que es objetivo principal del museo, y lo que resta de presupuesto queda en los talleres de educación. En conclusión, queda muy corto el presupuesto. Sin embargo, el museo estima mucho este taller, en particular, es el que más ha durado”, dice Tirado.

Javier, Estela, Patricia y Damasio son asistentes regulares a las clases y siempre buscan la manera de invitar más personas. Hablan de arte, tocan temas de política y actualidad. En ocasiones no sólo los acompaña “el Profe”, también hay alguien encargado de leer un libro mientras pintan y otra persona que lleva música para ellos.


El arte es de todos y para todos

Según el DANE, Departamento Administrativo Nacional de Estadística, en 2009 en Antioquia había 14.338 personas con limitación visual. Hay muchas estadísticas sobre la inclusión de personas a la educación, el trabajo y la salud, pero poco se habla de la inclusión a la cultura.

Por medio de los múltiples talleres y en especial con Representaciones, el Museo de Arte Moderno de Medellín da un paso adelante para incluir a todas las personas que están interesadas en participar en la vida cultural de la ciudad.
“Las pinturas que hacen los artistas a veces son tan abstractas y se pierde tanto la idea, que alguien puede decir, esto no lo pinto un invidente”, dice Sergio Tirado.

El arte de la lutería va de la mano de Óscar Molina

Por Laura Gómez Ángel 


La lutería es un arte que se basa en la construcción de instrumentos folklóricos, un medio con el que trabaja Óscar Molina, que no nació entre selvas ni montañas pero sí en otra selva de cemento y contaminación: Bogotá.

La educación universitaria no es lo suyo, solamente estuvo seis meses estudiando Comunicación Social en el Externado de Colombia. Sin embargo, sí le gusta estudiar, hizo dos cursos de guitarra y uno de flauta.

Molina, un bogotano de 51 años, vestido con pantalón blanco, camisa azul agua marina manga larga, pelo lacio y café claro, y un olor particular al aroma del campo es músico empírico y construye instrumentos folklóricos. Además es papá, tiene dos hijos y se declara felizmente casado.

En su aspecto físico tiene rasgos indígenas, y aunque no lo es, sí ha estado en varias comunidades de Colombia, Bolivia, Perú y otros países, viajes que ha hecho sólo por curiosidad.

Empezó a hacer instrumentos musicales por necesidad, “porque como tocaba, tocó, es muy difícil conseguir instrumentos musicales”.

Hoy se encuentra en el Palacio de Exposiciones, Pabellón Amarillo, donde se realiza la “II Versión de Expo-artesano” con el apoyo de la Alcaldía de Medellín. Él, como otros invitados artesanos, ya ha participado anteriormente en ferias realizadas por Artesanías de Colombia.

En esta ocasión se darán a conocer productos artesanales con un alto contenido de diseño, desarrollo de identidad, calidad, vigencia en el mercado y capacidad de producción.

En la entrada se encontraba poca gente pues era jueves en la mañana, hora en la que la mayoría de las personas están trabajando o estudiando, pero a pesar de eso hubo algo que llamó la atención: un peculiar aroma a campo que se tomaba la feria.

En primera instancia se hizo un breve recorrido para ver qué era lo que captaba más atención. Había stands de velas, cuadros, camas hechas en madera, tapetes de pieles, sombreros vueltíados, bisutería y muchos otros que robaban la atención del público presente.

Un sonido muy agradable parecía llevar a la gente hacia Suaty, el stand de Òscar Molina. Allí estaba sentado tocando la flauta con gran pasión para deleitar a sus visitantes. Además, estaba acompañado sus dos hijos, quienes explicaban a los visitantes lo novedoso de cada uno de los instrumentos.

Mientras esto, Óscar, tímido pero sereno, contaba cómo desde hacía 30 años, aproximadamente, había empezado en “el cuento” de las artesanías.

El prototipo de gente que viene a buscar los instrumentos de Óscar es, primero, los músicos que requieren de alguno en especial para tocar y, segundo, las abuelitas y público en general, que llegan a buscar algún instrumento para el nieto o para decorar su casa con elementos novedosos. Es por esto que este artesano hace también instrumentos que no necesitan de un especialista para ser interpretados.

¿Cuánto tiempo requiere desarrollar cada instrumento?
“15, 20 minutos o media hora, es dependiendo del instrumento”.

¿Cuánto cuesta?
“5, 10 y 15 mil pesos”.

Los materiales para realizarlos vienen del campo, la mayoría son semillas de bambú, cañas, cueros y maderas; éstas se encuentran en diversas zonas del país o incluso de otros países de la región.

Para que las personas se inclinen por estos instrumentos artesanales y no por la tecnología, Óscar Molina no los hace para un gran mercado de consumo, sino para especialistas que buscan algo en particular.

Suaty es una empresa familiar que se creó desde 1992. Los hijos de este artesano posiblemente sigan los pasos de su padre, de hecho ya lo son, pues colaboran en la elaboración de los instrumentos.

¿Tiene algún taller para enseñar a tocar sus instrumentos?
“Sí lo he hecho ocasionalmente, a veces me han contratado de alguna universidad o de alguna parte para hacer seminarios de fabricación de instrumentos”.

¿Cómo le ha ido con los talleres y seminarios?


“Pues realmente esto es un arte que no existe en ninguna universidad, ningún colegio, ningún instituto, en ninguna parte. La lutería, lo que se le llama el arte de la fabricación de instrumentos, no tiene escuela, eso es puro pragmatismo de investigación”.


Después de varios minutos de una charla agradable, Óscar se notó más calmado, sereno, comprometido y entusiasta, más accesible a las preguntas y mostró que le gusta hablar de lo que hace. Es claro que para él, su trabajo, más que un arte, es una satisfacción.

Jefferson Ospina, un barbero que aspira a ser cantante

Por Dominica Duque




En medio de una infinidad de salones de belleza, en el mall Ventura, pasa desapercibida la barbería Essal, ubicada en El Poblado sobre la transversal inferior. Es una peluquería como cualquier otra, no tiene nada especial, no hacen cortes extraños ni ponen música rara, lo único diferente es que está Jefferson, uno de sus peluqueros que en sus ratos libres, desde hace 15 años, se dedica a interpretar música urbana.

Llega el cliente de las cuatro de la tarde con su novia. “¿Qué más parce?”, le dice Jefferson a Santiago, uno de sus clientes desde hace tres meses, mientras lo abraza y le da un apretón de manos. Santiago, con la misma emoción y familiaridad saluda a Jefferson, lo cual hace sentir a su novia como una extraña. Jefferson, Santiago y su novia se dirigen hacia el segundo piso.

El barbero sienta a su cliente en la silla, le pone una capa, coge las tijeras, la peinilla, la máquina barbera y comienza a hacer una de las dos cosas que sabe hacer mejor: motilar.

Jefferson Uribe es un joven de 34 años que actualmente se dedica a la barbería pero en su corazón lleva la esperanza de algún día poder cumplir su sueño y dedicarse por completo al canto.

En este momento “Jefry”, como lo llaman sus amigos, pertenece a un grupo de música urbana llamado Complot con el cual se presenta esporádicamente en lugares públicos o en fiestas privadas. Aunque lo disfrutan mucho, él y su compañero “El Dogny” sólo lo pueden ver como un hobby porque no tienen el apoyo para volver esto una carrera y menos un entrada de supervivencia.

Conoció a “El Dogny” en su adolescencia y le enseño a bailar, más adelante se fueron metiendo en el canto, consiguieron bailarinas y crearon su grupo musical Complot.

Su historia
¿Por qué te empezó a gustar cantar y bailar?, ¿Cómo te metiste en este mundo?
“Primero va en el gusto propio, me empezó a gustar la música de la calle, rap, hip hop, underground, Rnb y el reggae más que todo. Tenía mucha influencia desde pequeño, Bob Marley y todo eso.


Ya de ahí me metí al baile, pero es que eso tiene poca popularidad, uno baila en un “parche” como le decimos nosotros o en una discoteca, sos el centro de atracción, el que mata a las niñas, el galán, pero ya no pasa más de ahí, mientras que uno ve que los artistas pa´ arriba, los que cantan pa´ arriba. La verdad me gusta mucho porque es una manera de tener otros parches más sanos, de escapar de la violencia y todo eso”.     

Su respuesta demuestra que es una persona que quiere salir adelante, y aunque es consciente de las problemáticas sociales y vive inmerso en ellas, su deseo es hacer la diferencia.

Jefferson se crió más que todo en la calle, desde muy temprana edad sus padres lo echaron de la casa. “Me echaron por los chismes de la violencia, decían que yo fumaba marihuana y a mí nunca me gustó eso. Es un estereotipo de la música callejera, alguna vez lo probé pero fue por despecho”, dice Jefry.

¿De qué escribes, en qué te inspiras?
“Yo escribo de las experiencias de mi vida y de cosas de la sociedad. Me inspira el amor y las traiciones que uno ha recibido por ahí, las mujeres aportan el granito de arena. Yo tengo un temita por ahí que es muy rapeado, Trampa, ese es para las mujeres de la calle que son muy trampas.”

Con la palabra “trampa” Jefry se refiere a las mujeres que hacen sufrir a los hombres, que les son infieles. Me recita un pedazo de su canción: “Trampa mami tú a mí me quieres matar, trampa mami no me vas a cautivar, trampa trampa, óyelo ya, noche oscura fiera segura dónde están las vampiras, ¡uhm qué locura!”

Este barbero no solamente canta y baila, sino que además compone sus canciones. Se inspira en sus experiencias de vida, en las problemáticas sociales, los desamores, las traiciones, entre otros. Aunque las mujeres lo han hecho sufrir, también han desatado emociones que le han servido para componer muy buenas canciones. “Como siempre, uno les da todo y después se la hacen a uno”, dice Jefferson.



¿Desde qué edad empezaste a cantar?
“A los 18 años. En el barrio había pelados que eran de la cuadra y por viciosos o por meterse en cosas que no deben, terminaron bajo tierra. Yo me dije a mí mismo que mi vida no la iba a desperdiciar así y entonces vi en la música otro estilo de vida.

En un parche de música o de baile, usted va es a hablar caspa, cuando le dicen vamos a ensayar hoy, uno dice bueno vamos a ensayar, si le dicen vamos a bailar, uno dice vamos a bailar y uno como que se distraía en eso”.

Muchos de sus “parceros” de la cuadra, de sus amigos de la infancia se vieron envueltos en la violencia. Algunos fueron víctimas, otros promotores. De una u otra forma el resultado fue el mismo: pasaron “a mejor vida”.

Todas estas experiencias le enseñaron a Jefferson que la vida se puede ir en cualquier momento, y que por eso mismo debe hacer cosas que le aporten algo a ella, que lo hagan mejor persona y lo alejen del mal camino.

Otro factor que influyó para que este barbero se quisiera alejar de la violencia fue el hecho de ser papá. Jefferson tiene dos hijos y quiere que ellos tengan un buen ejemplo, un modelo a seguir.

Persiguiendo un sueño
Este barbero tiene una cosa muy clara en la vida y es que va a cumplir su sueño cuéstele lo que le cueste. Mira a los ojos y dice con firmeza que sus intenciones de convertirse en un gran artista son en serio. Con mucho entusiasmo cuenta que no se piensa rendir hasta agotar todos los recursos.

Dado que Complot no se ha comercializado aún, Jefry debe conseguir ingresos para sostener a su familia trabajando como barbero y por este motivo no tiene mucho tiempo disponible para ensayar, pero cada tiempo libre, lo utiliza para ello.
Cuando no tiene nada que hacer en la barbería y no hay turnos, se sienta en su silla mirándose al espejo y ensaya los temas. “En los horarios de trabajo practico cuando tengo tiempo libre y cuando salgo temprano, y si el compañero no está trabajando, que él trabaja los fines de semana, ensayamos.”

Todo el segundo piso de la barbería es para él, es un espacio sencillo, pero justo lo necesario. Su lugar de trabajo consta de tres sillas: una en la que su cliente se sienta y otras dos para un acompañante o para quien desee sentarse; dos espejos grandes, uno tiene un borde de madera en el que el cliente se mira y otro para mirarse el cuerpo entero; las paredes son blancas y en la esquina hay una columna blanca con rayas azules y rojas que son características de las peluquerías desde hace muchos años.  

Además tiene una grabadora pequeña, un mueble de madera en el que guarda sus implementos de trabajo y a su lado izquierdo una ventana en la que se desacalora cuando termina con su cliente.

Actualmente no tienen un lugar fijo en donde puedan ensayar, pues aunque se han tratado de mantener al margen, la violencia los ha perjudicado. El Dogny vive enEl Limonar, donde hay un salón comunal muy apropiado para ensayar pero con la violencia que hay no pueden subir. “Donde vean a alguien medio nuevo por ahí, mejor dicho, uno después de las siete u ocho de la noche tiene que estar encerrado. Nadie se puede asomar porque eso está muy caliente, entonces no se pueden aprovechar los espacios, ni las acciones comunales”, menciona Jefferson.

¿Qué tipo de apoyo recibe?
“El apoyo de nosotros es la labor del día a día, estar trabajando y sacar de nuestros propios bolsillos para poder hacer algo. Nosotros no tenemos apoyo, las pocas personas que han querido hacerlo se han tenido que ir del país y no ha podido concretar nada.

En este momento afortunadamente hay tres o cuatro personas que hace días nos están apoyando. Hay una persona que está pasando los temas por una emisora de otra ciudad, otro nos está popularizando para las fiestas privadas y hay otro que afortunadamente la familia tiene una hacienda de descanso y nos dijo que él nos colaboraba con 400, 500 mil pesos y fuéramos a cantar una noche.

Básicamente el apoyo viene de gente que le gusta, la Alcaldía y el gobierno no nos da nada”.

Jefferson cuenta que el género urbano acá en Colombia tiene muy buenos grupos, bastante talento pero que es muy difícil de sacar adelante porque no les dan el apoyo necesario. Mientras lo dice, se refleja en sus ojos y se siente en su voz una gran impotencia de su parte. “El único género urbano que pegó acá fue el reggaetón. Yo no lo canto pero estamos grabando muchos temas porque eso es lo que la gente está pidiendo”, dice.

Para esta clase de artistas salir adelante no es fácil, tener talento no es lo único que los catapulta al éxito, se requiere además un poco de suerte y tener alguien que crea en su talento y patrocine su música. Esto es muy difícil por la competencia tan grande que hay en este género. “En tan solo ocho o diez cuadras del barrio hay seis grupos que cantan muy sabroso y muy parecido”, expresa Jefry.

¿Qué cree que le hace falta a Colombia para que personas como usted puedan tener más posibilidades de cumplir sus sueños?
“Yo quisiera que hicieran como en Estados Unidos: a la persona que le ven talento lo cogen de una, pero es que aquí es muy difícil sin ningún patrocinio. La gente sólo le ve futuro a lo de afuera. Vamos a ver qué pasa, de pronto podemos hacer una colaboración con Julián Rico”.

Julián Rico también es pionero de la música urbana y aunque Jefferson menciona que no le gusta pedir favores que tengan que ver con ayuda para su carrera, esta vez se atrevió a pedirle colaboración.

Complot
Hasta el momento ha grabado cuatro canciones: Trampa, Eres tú, Lluvia, y ¿Qué tendrá? Su música ha sido promocionada por la emisora Energía y se puede encontrar con el nombre Jefry en la siguiente página web: www.flowcolombiano.com

Los últimos cortes son interrumpidos por el próximo cliente que entra y saluda. “Hey men, ¿cómo va”? Este será quizá el último cliente del día. Estará acá hasta las 6 p.m. Luego de esto guardará sus cosas y si su compañero no está trabajando se irá a practicar.

Gabriel Restrepo: “Ser hippie no es el hacer, sino el ser”

 Por Gina Marcela Marín González


“Señores, saquen sus arcillas, colóquense sus delantales, cojan su bulto de papel periódico y comiencen a hacer su taco como les enseñé. Usted, quítese la corbata y usted, las mancornas. Relájense y pónganse lo más cómodo posible que la clase, hoy presiento, se gastará las cuatro horitas completas…”

Así habla Gabriel Restrepo, un hombre de cabello entre cenizo y negro. Los 50 bastones tallados por él, además de ser su equilibrio, son sus compañeros en la travesía de la última década de sus doce lustros. Con el tiempo, su curvatura en la espalda lo hizo ser más breve. Su tono de voz y sus palabras lo muestran como una persona sabia y con experiencia, aunque nunca ha dejado de lado la chispa que adquirió en su larga y pasada juventud aventurera.

Su viejo delantal azul, casi transparente del desgaste, y su boinita de jean desteñida, que le da un toque característico a su personalidad, le impregnan experiencia, sabiduría, longevidad y jerarquía ante sus estudiantes.

El Instituto Bellas Artes de Medellín ha sido su lugar de trabajo desde hace 35 años. Allí ha compartido con todos sus estudiantes su usanza del arte.

La ciudad estaba en uno de esos días de calor insoportable: los rayos de sol traspasaban las ventanas quemando como en una playa.

“Señores, vayan destapando sus bolsas de arcilla para que cuando empecemos a moldear no moldeen un pantanero. Amasen durante unos cuantos minutos para que después no tengan la ‘grata’ sorpresa de encontrar su obra reventada”.

Se dirigió a sus estudiantes, un par de hombres con trajes elegantes, quienes se veían muy interesados en aprender y en empezar a moldear sus esculturas.

“Gabo”, como es conocido en Bellas Artes construyó toda una vida llena de experiencias, enfocadas en su cultura hippie. “Paz, amor y libertad sin fronteras” fue su ideal. Participó en un activismo radical y en el uso de estupefacientes con la intención de alcanzar estados alterados de conciencia, aunque en realidad logró rebelarse ante la homogeneidad de conceptos que ofrecía el sistema en las décadas de los 60 y 70. “También busqué formas poco usuales como la meditación.
 
Su camino artístico lo inició desde muy niño. Todos los días este envigadeño, al salir de la escuela, se iba con los amigos de la infancia para las quebradas a recoger barro y así poder hacer figuritas.

Cuando le preguntaban ¿Qué va a ser cuando seas grande? tuvo períodos en los que respondía: científico, guaquero, paleontólogo, maestro o artista. “Me fui quedando con la última opción pero no dejé atrás las ciencias de la naturaleza porque nunca dejaron de interesarme; las utilizo como referencia y motivo de mis obras”.

Con cara de nostalgia recordaba su juventud cuando aún no lo afectaba ninguna enfermedad. Aunque luego dijo que tuvo una juventud loca y liberada, llena de experiencias y cosas para recordar.

“Me dejé crecer el cabello, cambié mi forma de vestir y me fui de mochilero, durante ocho años, a recorrer Centroamérica”. Muchas veces viajó solo y otras en compañía de amigos. “Por allá hacía manillas y sandalias de caucho de llanta para vender y poder conseguir plata. También me iba a acampar; en una de esas tantas concebí a mi primera hija”.

Su cultura hippie es su estilo de vida: relajado, descomplicado, calmado y sobre todo, lo que lo hace más feliz, tranquilo. Hace lo que le gusta y disfruta el medio en el que se desenvuelve. “Me metí mucho en el cuento de no ser un elemento más del cajón y seguir mi vida en paz, sin preocupaciones y sin afanes”.

Cuando “Gabo” se disponía a hacer una asesoría a uno de sus alumnos, observé el lugar y me dirigí a conocer sus obras. Sentí que su perspectiva era excepcional, que transportaba a los admiradores dentro del la obra en sí y, ante esa impresión, me planteé una pregunta: ¿cómo logra en sus esculturas esa semejanza con la vida?

Minutos después se me acercó y me preguntó: “¿Qué piensas?” Me quedé muda ante una de sus obras, un dragón envolviendo a una mujer. Le pregunté sobre el realismo de sus obras y con gracia me respondió: “Regularmente lo que hago es una biografía mía, es decir, un retrato de lo que pienso en cuanto lo que quiero hacer y la manera en como veo mi mundo. Mis esculturas son un fiel reflejo de lo que soy y pienso”.

¿Cuál fue su primera obra?
Gabriel se quedó pensando durante unos instantes y me dijo: “No, todavía no la he hecho porque todos los días hago una obra diferente; por esto mi obra maestra aún no está lista.

Me pasa algo curioso y es que empiezo a hacer una obra y nunca hago la que tengo en mente, cada vez se me van ocurriendo más ideas. Una obra le da pie a otra y esa a otra y así sucesivamente; entonces pienso que me moriré sin hacer mi gran obra maestra”.

¿Ha consumido algún tipo de alucinógeno?
“¡Huy! para inspirarme no, pero como hippie, la marihuanita sí la he consumido, eso no hay que negarlo”.

Me dijo, inclusive, que estuvo envuelto en un medio y en una cultura que lo obligó a consumir el alucinógeno, “pero jamás para trabajar consumo algo que me cause un efecto psicodélico ni psicotrópico, porque cuando voy a trabajar es a trabajar y si me voy a tomar mis copitas es a tomarme mis copitas”.


Después de esta pregunta se levantó y ofreció vasos de agua a sus estudiantes. Ellos lo aceptaron y pidieron ayuda en algunos detalles de sus trabajos. Explicó durante unos minutos y volvió a su silla con rapidez porque no era capaz de estar mucho tiempo de pie.


Al regresar me dijo: “Señorita, he sufrido mil problemas de salud debido al arte. En cierto momento sé lo que me va a pasar y no tomo precauciones. Soy muy terco y llevado de mi parecer.

Parte de la osteoporosis es debido a los químicos que uso en mi trabajo, por tratar de inventar nuevas técnicas de arte. Entonces, ¿de qué me quejo?”

Restrepo sabe y está consciente de lo que puede pasar: “Pero ¡ah! Yo manejo eso muy tranquilo y relajado, viviendo lo que hay que vivir”.

¿En qué se inspira?
“Con regularidad hay algo por ahí que me mueve en cierta ocasión y es la muerte, la plasmo mucho”. Mis obras son una lectura a mi manera de pensar”.

Los artistas se consideran personas encerradas y alejadas por el hecho de estar trabajando en una obra todo el tiempo, inclusive llegan a descuidar su vida familiar.

¿Y su familia?
Con una sonrisa nerviosa y mirando hacia muchas partes del salón, dice: “He tenido tres matrimonios y se han terminado por esa razón, porque me meto en mi cuento de la lectura o el arte”.

Parece que a su alrededor todo deja de existir. “Me considero una persona muy egoísta, pues le he dado prioridad al arte, que es mi felicidad, y no a las que fueron mis esposas”.

Gabriel no siente decepción de las cosas que han pasado porque en parte tuvo la culpa de no haber dedicado el tiempo que merece una familia y, por eso, piensa que las compañeras sentimentales tomaron la mejor decisión. “Hasta yo pienso que conmigo no se puede”.

¿Qué es lo que más le gusta de su profesión?
“La investigación de materiales nuevos, por lo regular me invento alguna técnica para ponerla en las obras. La obra no es el material, es la obra en sí”.


¿A qué se dedica en su tiempo libre?
“A la talla en madera, tallo mis propios bastones, ya tengo 50. Asimismo a leer. A veces soy químico o arqueólogo. Busco guacas, este cuento es algo muy emocionante, pues por mi condición física no me puedo poner a escavar, pero estoy pendiente de todos los hallazgos y estudio cada una de las piezas que encuentro por ahí enterradas.  Por último, doy una asesoría científica”.

¿A quién admira?
“A Luis Alberto Acuña, connotado pintor, escultor e historiador colombiano, nacido en Santander, del que poco se conoce, salvo que fue el autor de la remodelación de varios de los más importantes edificios coloniales de Colombia como la casa del fundador de Tunja y la Casa del Escribano Don Juan de Vargas. También fue el constructor de su propia morada en Villa de Leyva, donde creó un museo de arte y paleontología”.

A estas alturas, la clase se fue terminando entre arcilla, moldes, madera y herramientas. Los alumnos, un poco cansados de las sillas, guardaron sus pertenecías para, después de lo que pudo ser tedioso o relajante, partir a sus casas o posiblemente a sus trabajos.

Gabriel terminó con una reflexión contundente: “Nunca me he rendido ante una gran obra, lo que se necesita para terminarla es talento. ¿Saben qué significa talento? Paciencia, inteligencia y lentitud. A uno lo que lo mata es el desespero”.